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sábado, 27 de febrero de 2016

LAS MEDITACIONES DEL GRAN JUGADOR DEL REAL MADRID



Cuando la cualidad y la calidad son las mismas, lo que define como superior, es la cantidad.
¿Cuántos “buenos jugadores” debe tener un equipo para imponerse a otro? ¿Basta la excepcional calidad de uno sólo? En el último mundial de fútbol se pudo observar claramente que el buen equipo de Portugal no pudo ir muy lejos, aun con la gran calidad de su estrella actual; si este equipo hubiera tenido tres o más como él; otro resultado se hubiera dado. Pero no fue así.
Generalmente los países con numerosa población, pueden producir más estrellas que los de pocos habitantes; simplemente porque el talento se da en un mismo porcentaje en las sociedades.
 Por ello, sucede en los campeonatos escolares, que los colegios con miles de estudiantes, aporrean a los de unos cuantos cientos; porque de acuerdo a ese porcentaje natural, los grandes colegios pueden formar mejores equipos.
Luego que hacer en esta supuesta o cercana a la verdad hipótesis: simplemente, en lo personal dar todo de sí y tratar de complementarse con los compañeros que no son tan talentosos porque la madre naturaleza, con sus genes y eso, no ha sido generosa, más bien hasta discriminatoria…
Más el mundo está hecho con leyes que buscan el equilibrio; tarde o temprano. Qué sucedería si todos los jugadores fueran del mismo nivel o calidad; tal vez todos los resultados serían de empates; hasta en los penales—y no sería elegante resolver los resultados con decisiones de la suerte. Por eso, sino fuera que hay equipos con jugadores no talentosos, o calificados de dos o una estrella, mientras los semidioses del fútbol, ostentan las de cinco; si no fuera así, no existirían los gritos del gol, las “huachas” u otras jugadas que hacen delirar a los consumidores, a los que ponen dineros en los bolsillos de jugadores, directores técnicos, dirigentes, Estado, y hasta en los periodistas que narran o analizan.
¿Qué sería el plátano sin su cáscara; igual para los huevos? El mundo es y debería ser siempre de complementos, sin vanidades.