Cuando alguna vez regaba mi olvidado jardín,
Una gran hierba de chamico había en un rincón,
Esas que al oler sus hojas haces un mohín,
Las que rápido cambian la cara de expresión.
Mi madre me enseñó a nunca tocarla,
Más siempre he olido su clara flor,
“no te acerques, no la toques”, me lo dijo en firme
charla,
Por qué es fatal para mí pensaba, si es hermosa, tiene
algo de esplendor.
“También la llamamos ‘Cajón del diablo’ ”, me decía,
Si sus semillas comes alucinarás,
“El vecino que comió, vio que a su cuerpo arañas se
subían,
Si tú también las comes morirás”.
Antes de las advertencias, ya la flor había olido,
Tenía un perfume, no igual a rosa, a clavel,
Cada vez que veía su flor olerla he querido,
Aun con el consejo, de la historia del vecino aquel.
Ya mayor, a pesar de
experiencias tantas,
Por qué una flor con gran perfume, tan hermosa,
Te hace olvidar el maternal consejo, lo quebrantas,
Te acercas a ella, sabiendo que es peligrosa.
Ω

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