Allá a las ramas de un
floripondio florido,
Ha llegado veloz un
gorrión de aquellos trinadores,
En un artista él ahora
convertido,
Ha empezado su gran canto
sin temores.
Lo observo entre el cortinaje
de mi ventana,
Desde allí lo escucho
claramente,
Ha comenzado su recital de
la mañana,
Reconozco que su canto es
bello realmente.
A su lado como campanas
blancas se mueven aquellas flores,
Nada falta en su actuación
tan natural,
¡Qué bello trina sin
temores!
¡Pareciera que en su canto
hubiera algo de sentimental!
Por unos minutos sólo para
mí ha cantado,
En un marco de flores
blancas y verdes hojas,
De pronto como vino veloz
se ha marchado,
Llevándose así de mi alma
algunas congojas.
Ω


